Al poco tiempo mi tía se enamoró de un compañero de clases, en qué
época o qué colegio estudiaron vale muy poco recordar. Era un señor
calvo que emanaba un aura de confianza y tranquilidad que al día de hoy me
sigue dando mala espina. Gracias a esta relación comprobé algo muy
cierto: el amor es ciego. Luego de una fuerte oposición de mi abuelo,
que reconozco fue irracional, aceptó la idea de que se casara.
Llegado el día de la ceremonia, yo
salí al compromiso nada más por compromiso e insistencia de mis tíos a
quienes solo atinaba a decir una verdad a medias: "estoy ocupado". Era
una ceremonia muy suntuosa y lujosa que me repugnaba en demasía. Todo
muy pomposo, decorado, lleno de gente vanidosa y me preguntaba si de
casualidad no vino el presidente también a perder el tiempo y aventarse
un baile ridículo. Pero una ligera sonrisa estaba en mi rostro pues,
aquella mujer se mudaría con su recién adquirido esposo. Pensé que la
felicidad y la paz volverían a reinar, vaya tontería.
Ella
estaba lejos pero venía de visita y más aún, llamaba por teléfono
muchas veces solo para quejarse de lo "descuidados" que éramos con la
casa o con mis abuelitos. Cosa poco comprensible pues nosotros hasta nos
trasnochábamos por mis abuelos y trabajábamos duro para apoyar con los
gastos. Ahí me di cuenta de otra verdad: todo lo que crees es una
mentira si solo vienes una vez a la semana o al mes de visita, esto
aplica tanto para ella como para mi yo infante. Todo era divertido y
lindo cuando venía de visita pero no era cierto y para ella todo estaba
mal cuando no era así.
Pasó el tiempo y lamentablemente falleció mi abuelito. Ella sollozaba al
igual que todos y expresó su deseo de "unión", "amor" y "paz" para la
familia. Tanto así que pidió perdón a mis tíos y mi padre (con quien
tenía una riña) frente al féretro de mi abuelo. Debo ser muy ingenuo la
verdad, nuevamente pensé que ella decía la verdad y luego del dolor de
nuestra pérdida, podríamos resurgir como familia. Ya saben por donde van
los tiros.
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